Universal Music Group rechaza oficialmente la oferta para ser comprada
La semana pasada, el consejo de administración de Universal dio el no definitivo a la oferta de 64.000 millones de dólares presentada por Bill Ackman y su firma de inversión, Pershing Square Capital.
La postura oficial de Universal fue tajante: la oferta de Ackman “infravalora materialmente” a la compañía y “no generará un valor de creación superior”. Sherry Lansing, presidenta del consejo de UMG, aprovechó el comunicado para blindar públicamente al jefe de la major, Lucian Grainge, mostrando “total confianza” en su equipo para ofrecer un crecimiento sostenible.
Para salir adelante, la oferta de Ackman necesitaba el visto bueno de dos tercios de los accionistas, que incluían a la influyente familia Bolloré, que controla cerca del 28% de Universal (directamente y a través de Vivendi), junto al gigante chino Tencent (dueño de otro 11.4%), quienes al final alinearon posiciones para termian rechazando la oferta.
La paradoja del valor y el dilema del streaming
El rechazo no pilló por sorpresa a los analistas de JP Morgan, quienes recordaron que a los Bolloré no les hace falta liquidez, no quieren perder un ápice de su influencia geopolítica en la industria y prefieren mantener el domicilio fiscal de UMG en suelo europeo, lejos de la inestabilidad regulatoria y los aranceles de la administración Trump. Además, el estilo de Ackman —descrito por la propia familia francesa como “abrupto y rápido”— chocaba frontalmente con la tradicional parsimonia de la aristocracia empresarial del viejo continente.
Sin embargo, al asegurar a los inversores que Universal vale mucho más que los €30.40 por acción que ofrecía Ackman, el consejo de administración se ha condenado a sí mismo a tener que demostrarlo en un mercado bursátil que cotiza con evidente escepticismo.
La desconexión es notable. Hace poco, cuando Universal y Spotify anunciaron sus nuevas funciones de remezclas optimizadas con Inteligencia Artificial, las acciones de Spotify se dispararon de los 430 a casi 530 dólares, mientras que las de Universal quedaron completamente planas. La ironía es que Universal se beneficia económicamente de este subidón gracias a las acciones que posee de la plataforma sueca, justo en el momento en que se dispone a vender parte de ellas. El negocio principal de la música no parece emocionar a Wall Street tanto como la infraestructura tecnológica que la distribuye.
Lo que realmente importa a los inversores: crecimiento real a largo plazo
Durante los últimos años, la estrategia de las tres grandes majors ha sido la de crecer mediante adqusiciones: Universal compró [PIAS], inyectó millones en Chord Music Partners y desembolsó más de 775 millones de dólares por Downtown, adquiriendo la infraestructura por la que transita el grueso de la música independiente global.
Sin embargo, esa vía de expansión monopolística se ha agotado. La compra de Downtown le costó a Universal un año de asfixiantes batallas regulatorias en Bruselas, la furia del sector independiente y la obligación de malvender divisiones para que la Comisión Europea autorizara la operación.
Eso nos deja la vía tradicional, la más difícil: descubrir talento, meterse al estudio y fabricar éxitos. Pero aquí es donde la industria choca contra su propia realidad estructural. Desarrollar nuevos artistas es un negocio carísimo y de altísimo riesgo.
El verdadero motor financiero de las discográficas hoy en día es su catálogo. Los Beatles, Frank Sinatra y el pop del siglo pasado sostienen el edificio. Según datos de la consultora Luminate, el consumo de lanzamientos de catálogo arrasa en las plataformas de streaming, mientras que la escucha de música estrictamente nueva sigue estancada o en declive.
El pasado reciente es tan rentable que hace poco Sony Music tuvo que forzar las reglas de las listas británicas redirigiendo las escuchas del catálogo de Michael Jackson para colocarlo en el número uno coincidiendo con el estreno de su biopic.
El ecosistema actual está inundado por millones de creadores independientes y artistas de formato DIY que suben canciones a diario. El porcentaje de lanzamientos nuevos que controlan las multinacionales mengua cada mes, aunque sus catálogos sigan facturando fortunas en piloto automático. Universal se encuentra en una posición incómoda: sentada sobre un activo que gana valor sin mover un dedo, pero atada a una estructura operativa que cuesta millones mantener simplemente para no perder el paso.


