YouTube admite que utiliza música subida por usuarios para entrenar su IA
Según los términos y condiciones generales de la plataforma, tiene permiso de utilizar contenido de usuarios para entrenar su modelo Lyria
El gigante tecnológico ha solicitado formalmente la desestimación de una demanda federal interpuesta por un colectivo de creadores independientes. Los músicos acusan a Google de infringir sus derechos de autor al utilizar sus composiciones para entrenar a Lyria, el modelo avanzado de Inteligencia Artificial (IA) generativa musical desarrollado por su división estrella, Google DeepMind.
La respuesta de la corporación ante el tribunal no se ha basado en los habituales, complejos y desgastados argumentos de la doctrina del “fair use” (uso legítimo) que suelen emplear la mayoría de las empresas emergentes del sector informático. Por el contrario la compañía afirma que los propios músicos dieron permiso explícito para hacerlo en el momento exacto en que decidieron subir sus vídeos y canciones a YouTube.
La trampa de la licencia universal
En el corazón de este litigio se encuentra una cláusula contractual estándar que los abogados de la tecnológica han esgrimido como un escudo impenetrable. Según el escrito de contestación presentado ante el juez, cada vez que un creador independiente aloja contenido de forma directa en sus canales personales de YouTube, suscribe de forma automática una licencia de alcance global, no exclusiva, libre de regalías, transferible y con capacidad de sublicencia.
El texto legal que firmaron los demandantes al abrir sus cuentas autoriza expresamente a YouTube —y, lo que resulta crucial en esta batalla, a todas sus “filiales”, lo que engloba por completo a la matriz Alphabet Inc. y a su división de IA— a reproducir, distribuir y “preparar obras derivadas” a partir del material original subido.
La ironía es tan flagrante como dolorosa para el sector cultural. El propósito original por el cual estos artistas independientes subieron sus videoclips y canciones a la plataforma web fue construir una audiencia, conectar con sus seguidores y generar ingresos legítimos a través de las reproducciones en streaming. Sin embargo, ese mismo material ha servido para alimentar y perfeccionar el motor algorítmico que, a corto o medio plazo, competirá de forma directa contra ellos en el mercado de la creación de contenido, inundando la red con millones de composiciones artificiales generadas a un coste infinitamente menor.
La letra pequeña
Para aquellos que han seguido de cerca la narrativa pública de Google, este movimiento procesal resulta profundamente desconcertante y contradictorio. Hace solo unos meses, los portavoces de la multinacional se prodigaban en los foros internacionales asegurando que su aproximación a la revolución de la inteligencia artificial se haría de forma “responsable”, buscando adoptar la IA de manera responsable junto con sus socios musicales y persiguiendo una innovación conjunta que empoderase la creatividad en lugar de canibalizarla.
Es fundamental entender que cuando Google se refiere de manera afectuosa a sus “socios musicales”, no contempla al artista independiente que gestiona su propio canal. Las grandes discográficas (majors) y los distribuidores transnacionales operan bajo contratos hechos a medida, negociados de forma privada por ejércitos de letrados. Es de suponer que estos acuerdos blindados prohíben explícitamente el uso de su catálogo para el entrenamiento de IAs sin una compensación económica multimillonaria de por medio. Muchos creadores independientes distribuyen su música de manera oficial a la aplicación YouTube Music o al sistema Content ID mediante distribuidoras intermediarias con contratos protegidos, pero cometen el error de subir esos mismos vídeos a sus canales abiertos de difusión. Es justo ahí donde la red de arrastre de los términos generales se activa y los deja desprotegidos.
La opacidad como doctrina de defensa
Otro de los flancos más perversos de la respuesta de Google radica en cómo aprovecha su propio hermetismo tecnológico para debilitar la acusación de los creadores. Sus abogados afirman que la demanda es defectuosa porque se fundamenta en la “hipótesis no probada” de que Google utilizó específicamente las obras de estos artistas en particular, argumentando que el único indicio real presentado por la acusación es el hecho de que su música estuviese disponible públicamente en YouTube durante el período de gestación de Lyria.
Se trata de un argumento circular perfecto: DeepMind, al igual que la inmensa mayoría de las empresas que desarrollan inteligencia artificial generativa, mantiene un secreto absoluto sobre los conjuntos de datos que emplea para el adiestramiento de sus modelos.
Al negar cualquier tipo de transparencia sobre qué canciones se utilizaron para programar a Lyria, Google impide materialmente que los demandantes aporten la prueba fehaciente de la infracción, utilizando esa misma falta de información para exigir al juez que archive el caso. En la práctica, la política del gigante tecnológico consiste en usar la música de fondo de manera masiva, ocultar el proceso de entrenamiento y posteriormente descalificar judicialmente al afectado por no poder demostrar con exactitud científica el uso de su obra.
Un daño reputacional difícil de reparar
Durante casi dos décadas, los departamentos de relaciones públicas de la plataforma han invertido ingentes cantidades de dinero, esfuerzo y retórica en cortejar a la comunidad musical mundial, presentándose como el mayor aliado económico y el escaparate de difusión definitivo de la cultura global.
Ver a los propios abogados de la empresa madre asegurar ante los tribunales que los creadores independientes renunciaron de forma voluntaria a sus derechos patrimoniales esenciales mediante un simple clic destruye de un plumazo años de diplomacia corporativa. Los empleados de YouTube encargados de gestionar los lazos diarios con la comunidad artística se enfrentan ahora al escenario desagradable de defender la integridad de una plataforma que trata formalmente a sus usuarios más vulnerables como sujetos ingenuos desprovistos de protección real.





